Introducción. Antecedentes Administrativos.

«Teatro popular La Vaquera de la Finojosa»

En 1998 se cumplían seiscientos años desde el nacimiento del noble
español D. Iñigo López de Mendoza, más conocido como el Marqués de Santillana. Ese sexto centenario estuvo marcado por la consecución de un ambicioso proyecto que puso en escena todo el pueblo de Hinojosa del Duque, provincia de Córdoba, recogiendo los ecos nunca apagados del paso del marqués por tan singular enclave. Sus habitantes dieron vida a una obra basada en las famosas rimas compuestas por el noble en esa localidad, al abrigo de su sugerente paisaje, e inspiradas en el encuentro con una enigmática vaquera de la que quedó enamorado.

El marqués de Santillana fue un hombre del renacimiento español, erudito y guerrero, que lo mismo guerreó en la frontera contra el rey de Aragón, que luchó contra Navarra o combatió con gloria contra los moros. Y este rudo caballero es el mismo hombre sensible que lee a Platón, Aristóteles, Séneca, Lucano, Dante y Bocaccio, de los que auspicia sus traducciones. Como escritor crea una poesía que va desde la desenvoltura llena de gracia de las serranillas, hasta el estoicismo de los «Proverbios”, o la gran poesía de la comedieta Ponza.

Pero son sobre todo las serranillas las que han trascendido, composiciones poéticas en versos de arte menor que narran el encuentro entre un caminante y una serrana, con un lenguaje desenvuelto y fresco. Una de sus serranillas más extendidas es la que cuenta su paso por el puerto del Calatraveño y su encuentro con la Vaquera de la Finojosa, hecho que da ahora pie al dramaturgo cordobés Francisco Benítez para estructurar el ambicioso proyecto que protagonizará la ciudadanía de Hinojosa del Duque. El Marqués, después de una de sus campañas contra los moros, cruza el puerto del Calatraveño, situado en la comarca de Los Pedroches, en plena Sierra Morena cordobesa, y cerca de Finojosa ve a la vaquera. Se para. Le habla. Luego, posiblemente en una posada de Finojosa, pone sobre el papel ese cosquilleo que la vaquera ha dejado en su pecho. Y surge en ese breve poema, la que resulta ser su obra más conocida, cuya resonancia en el tiempo el marqués ignoraba, y que aún hoy, cinco siglos después, sigue latente, al encontrarse presente en los libros de texto de los colegios. 

 

Hinojosa del Duque, siempre ha tomado como suya esta composición, fruto de ello en la localidad existía un cine que llevaba el nombre de este noble, así como la principal avenida que recorre Hinojosa del Duque y que recibe el nombre de Avenida del Marqués de Santillana.

Serranilla VII del Marqués de Santillana

Moça tan fermosa
non vi en la frontera,
como una vaquera
de la Finojosa.

Faziendo la vía
del Calatraveño
a Santa María,
vençido del sueño,
por tierra fragosa
perdí la carrera,
do vi la vaquera
de la Finojosa.
En un verde prado
de rosas e flores,
guardando ganado
con otros pastores,
la vi tan graciosa,
que apenas creyera
que fuese vaquera
de la Finojosa.

Non creo las rosas
de la primavera
sean tan fermosas
nin de tal manera,
fablando sin glosa,
si antes supiera
de aquella vaquera
de la Finojosa.

Non tanto mirara
su mucha beldad,
porque me dexara
en mi libertad.
Mas dixe: «Donosa
(por saber quién era),
¿aquella vaquera
de la Finojosa?…»
Bien como riendo,
dixo: «Bien vengades,
que ya bien entiendo
lo que demandades:
non es desseosa
de amar, nin lo espera,
aquessa vaquera
de la Finojosa».

Iñigo López de Mendoza. Marqués de Santillana. Serranilla VII

A partir de este texto, conocido por todos, nace la obra Popular de Teatro LA VAQUERA DE LA FINOJOSA. Este breve poema, el más conocido del Marqués de Santillana lo entroncamos en las canciones de serrana españolas, que hunden sus raíces en la antigua tradición de la lírica popular castellana. Eran unos cantares muy breves puestos en boca de un esforzado caminante que expresaba su esperanza de que, en la montaña, habría de encontrarse con una bella muchacha que le ayudara a pasar la sierra, si no es que, además, le otorgara otros favores.

Así, por ejemplo, las que dicen: “Encima del puerto / vide una serrana; / sin duda es galana” o “¿Por dó pasaré la sierra, / gentil serrana morena?”. Dada la frecuencia de dichas canciones, el supuesto Arcipreste de Hita, con afán desmitificador, hiperrealista y paródico, presenta, en las cuatro cantigas de serrana del Libro de Buen Amor (1330-1343), otros tantos encuentros con cuatro mozas.

Sin embargo, en el siglo siguiente y en las estilizadas serranillas de Santillana, se cambian las tornas. El narrador no es ya un pobre pastor o un rústico, ni tampoco un clérigo ajuglarado, sino un caballero que cuenta, como si lo hiciera a otros nobles amigos, que, en el camino de
la sierra, encontró a una pastora a la que requirió de amores; y si unas veces la consiguió, otras fueron rechazado por ella. Los ritmos y situaciones, tomados de la lírica popular, se alían con los influjos de la pastourelle provenzal y, sobre todo, de la pastorella italiana. La acción está más desarrollada y hay mayor importancia del diálogo; también exquisitas e irónicas actitudes de cortesía y refinados matices eróticos que la pluma de don Íñigo supo expresar con mesura y gracia, como señalaron los profesores Lapesa y Durán.

En efecto, la idealización bucólica, más el ritmo ágil y la frescura de los versos, son notas distintivas de esta célebre “Serranilla VII” (1436-1439; la VI, hasta la fijación cronológica y textual de los profesores Gómez Moreno y Kerkhof). Todo en el poema es encantador: las referencias a sí mismo, cansado de tanto cabalgar y perdido en el camino, el hábil bosquejo del lugar del encuentro -verdadero “locus amoenus”- y el ponderado elogio de la belleza de la muchacha, “fablando sin glosa”, o sea, sin circunloquios ni exageraciones. 

El diálogo final es una auténtica delicia. Frente a la pregunta desviada del caballero, como si se refiriera a otra moza, y que, según comenta como de pasada, la realiza “por saber quién era” -lo que equivale a decir de qué condición-, la rápida respuesta de la vaquera, que elude, con firmeza e ironía, la indirecta proposición amorosa del señor. El final es incierto, pero puede suponerse que el noble caballero se retira sin insistir más y, en cambio, prevalece su asombro por haber encontrado, en un lugar agreste y “cuidando ganado / con otros pastores”, la sorprendente gracia y belleza de “aquella vaquera de la Finojosa”.

A diferencia de lo que ocurre con las otras serranillas del Marqués, ha resultado imposible fijar con exactitud la ubicación del encuentro, no obstante, las referencias geográficas que, con afán de verosimilitud, da Santillana en ésta como en todas. La “frontera” podría ser la andaluza, entre tierras cristianas y moras, la de dicho puerto de Sierra Morena y, en cuanto a Santa María e Hinojosa, las vamos a considerar como el Santuario de Santa María de la Antigua e Hinojosa del Duque, en aquella época La Finojosa, aunque tal vez, pudieron ser otros lugares, esto no es lo más importante, pues a iniciativa de la Delegación de Cultura del Ayuntamiento de Hinojosa del Duque, para conmemorar el sexto centenario del nacimiento del Marqués de Santillana, se decide encargar un texto teatral para recrear el paso del noble por Hinojosa del Duque, a modo de homenaje, para que, con el paso de los años, 24 se cumplirán con la octava edición, esta obra de Teatro Popular pase a convertirse en seña de identidad de Hinojosa del Duque.

La belleza de su puesta en escena, en la Plaza de la Catedral, ante la fachada de la Parroquia de San Juan Bautista la dotan de una especificidad única en Andalucía y en España, destacando la labor conjunta de todo un pueblo ante su “Vaquera”. El dramaturgo cordobés Francisco Benítez escribió, especialmente para la ocasión, por encargo del Ayuntamiento de Hinojosa del Duque, la obra “La Vaquera de la Finojosa. Retablo para un teatro popular”, que se representa en la Plaza de la Catedral. En ella se narra el paso del Marqués de Santillana por la ciudad de Hinojosa del
Duque y las diversas peripecias que allí acontecieron, así como su famoso encuentro con la Vaquera de la Finojosa. Se trata de un texto dramático compuesto en versos octosílabos, nutrido con música propia del entorno, y con giros tomados directamente del lenguaje diario de las gentes del lugar. Los actores escenifican la obra ataviados al modo medieval, fruto de la inspiración y la creación de un diseñador local.
Con posterioridad a 1998 y, fruto de la investigación de los historiadores locales se tuvo conocimiento de otro texto “La vaquera de la Finojosa” (1874), inspirada también en la famosa serranilla de Íñigo López de Mendoza y escrito por el autor gaditano Luis de Eguílaz. Este texto también ha sido tomado en alguna de las representaciones de esta obra de teatro popular.